María, profesora de Ele, planteaba en un comentario a este post el siguiente muy razonable intríngulis:

Le escribo porque me ha surgido una duda. Veo y entiendo sin problemas la explicación de SER y ESTAR desde la perspectiva cognitiva, pero me cuesta mucho explicar un solo ejemplo, el de la ubicación cuando hablamos de ciudades o países. Por ejemplo, «París está en Francia». Me cuesta verlo como una característica circunstancial, que ese aspecto no forme parte de la identidad de París. Su esencia tiene mucho que ver con el hecho de formar parte de Francia. Por este motivo, me cuesta verlo como algo externo al sujeto que le afecta, pero que no forma parte intrínseca de él.

Que la localización física de un objeto como París forma parte intrínseca de este objeto, de su definición, es una idea muy intuitiva. ¿A qué se debe esta inclinación? ¿Por qué encontramos lógico el carácter circunstancial y externo de “la pelota” en “la pelota está en el tejado”, pero nos parece que “estar situado en Francia” es inseparable de la definición de “París”? Parece claro que aquí juega un papel importante la idea, no por errónea menos atractiva a nuestro razonamiento intuitivo, de la permanencia (“ser”) frente a la temporalidad (“estar”), tantas veces y tan fácilmente falsable: puedo definir una pelota independientemente del tejado porque la pelota se mueve en diferentes espacios, pero no puedo -pensamos- definir París sin localizarla en Francia, a la que está, según la realidad física me indica, indisolublemente ligada. Sin embargo, lo cierto es que en realidad (en la realidad psicológica de la lengua), el hecho de que París esté en Francia es tan circunstancial y externo como el hecho de que una pelota esté en el tejado.

¿Cómo llegamos esta conclusión? Son dos los argumentos fundamentales que orientan hacia ella. Por una parte, el hecho de que cualquier “objeto geográfico”, fatalmente unido, en apariencia, al lugar que ocupa (París, el Himalaya, el mar Mediterráneo) puede ser, y demostrablemente es, cognitivamente separable de ese lugar y equiparable a cualquier otro objeto común o “móvil”, y por tanto que París está en Francia es perfectamente lógico. Por otra parte, el hecho de que en español exista en realidad la localización con “ser” en el caso de eventos (La fiesta es en casa de Blas) nos da la oportunidad de comprobar por qué París es en Francia no es que sea incorrecto, es que nos plantea una seria incongruencia.

 

POR QUÉ “PARÍS ESTÁ EN FRANCIA” TIENE SENTIDO

 Como indicaba, muchas veces tendemos a equiparar el significado lingüístico con la realidad física exterior que estamos representando. Sin embargo, hay más ejemplos de los que necesitamos para demostrar que la lengua no representa “realidades”, sino percepciones de la realidad y concepciones del mundo basadas en ellas. Para la psicología humana, una ciudad, un pueblo, un país, o un reino, no son objetos físicos atados de manera irremediable a la tierra sobre la que se asientan, sino más bien lo que el psicólogo canadiense-estadounidense Steven Pinker llama “artifacts”.

En su bestseller Cómo funciona la mente (How the Mind Works), Pinker se refería a los “artefactos” como una de las categorías mentales fundamentales que usamos para organizar nuestra comprensión del mundo. En su enfoque cognitivo, utilizaba precisamente, entre otros, el ejemplo de las ciudades para ilustrar cómo los artefactos —creaciones humanas como libros, casas o ciudades— no están definidos por su materia o localización física, sino por su función e identidad percibida:

Un físico o geómetra extraterrestre, a menos que tuviera nuestra psicología, quedaría desconcertado por algunas de las cosas que pensamos que existen en el mundo, cuando estas cosas son de hecho artefactos. Chomsky señala que podemos decir que el libro que está escribiendo John pesará dos kilos cuando sea publicado: “el libro” es tanto un flujo de ideas en la cabeza de John como un objeto dotado de masa. Hablamos de una casa que ha quedado reducida a cenizas y es reconstruida, como si de algún modo se tratara de la misma casa. Consideremos, por ejemplo, qué clase de objeto tiene que ser una ciudad, dado que podemos decir, pongamos por caso, Londres es tan triste, fea y contaminada que debería ser destruida y reconstruida a un centenar de kilómetros de su actual emplazamiento.

El mismo concepto de “París” usamos cuando decimos que Buenos Aires es el París de Sudamérica, Praga el París del Este o Montreal el París de América: un París definido por características como un ambiente cultural sofisticado, su belleza arquitectónica, el cosmopolitismo y la diversidad cultural, o la atmósfera romántica que lo envuelve. Un concepto de ciudad desarraigada, flotando fuera del mapa, sin suelo propio ni coordenadas espaciales o temporales que definan su esencia.

Pero esta concepción idealizada del objeto “ciudad” no solo se manifiesta en nuestra capacidad de imaginar. Los seres humanos tenemos incluso la osadía de imponer esta percepción al propio suelo que pisamos. Solo es necesario recordar los numerosos casos de poblaciones reales que, con el mismo o renovado nombre, han ocupado espacios físicos diferentes.

Por poner un ejemplo notable, pensemos en el caso de Veracruz (México). La población fue fundada bajo el nombre de Villa Rica de la Vera Cruz el 22 de abril de 1519 por el conquistador español Hernán Cortés en las playas que se en

contraban frente al islote de San Juan de Ulúa, llamadas Chalchihuecan, pero el mismo año se trasladó a la ensenada de Quiahuiztlan, cerca de un asentamiento totonaca. Entre 1525 a 1600 ocupó el espacio de la actual Antigua y finalmente, en 1599, el virrey Gaspar de Zúñiga y Acevedo ordenó el traslado del asentamiento a una nueva ubicación de nuevo frente al islote de San Juan de Ulúa, donde se consolidó el actual puerto de Veracruz.

Los diferentes espacios donde estuvo Veracruz ofrecen un ejemplo extraordinario de la facilidad con que la mente humana puede desprender la realidad conceptual de un enclave -una ciudad, en este caso- de su raíz física, y concebirla en cambio como una construcción mental definida psicológicamente por unas instituciones, una lengua, una personalidad colectiva y una historia compartida a lo largo de generaciones (o sea, un “artefacto”). Una vez concebida así, la localización gramatical de París en Francia no es conceptualmente diferente de la de la pelota en el tejado, y así la puede tratar la gramática.

Todo esto habrá convencido, espero, de que la localización con estar es perfectamente compatible con los “objetos geográficos”. Pero no considero que el asunto esté satisfactoriamente analizado si no se aborda también el otro lado del espejo y no se demuestra que la localización de una ciudad con ser es imposible en virtud de qué es lo que en español sigifica ser en un lugar.

 

POR QUÉ “PARÍS ES EN FRANCIA” NO TIENE SENTIDO

No deja de ser extraordinariamente revelador que en español usemos la expresión “tener lugar” como sinónimo de ‘producirse’, ‘ocurrir’, ‘llegar a ser’, y mucho más que esta promiscuidad espaciotemporal de hecho exista en expresiones idénticas o similares en lenguas como el francés (avoir lieu), el italiano (avere luogo), el inglés (take place), o el alemán (stattfinden). Por ejemplo, un enunciado como El partido España-Malta tuvo lugar el 21 de diciembre de 1983 en Sevilla viene a decir literalmente que ese evento se sustanció, alcanzó su ser al materializarse en ese punto preciso de las coordenadas espacio-tiempo. En efecto, el partido solo fue el partido concreto del que hablamos cuando se materializó en ese punto de la coordenada espacial durante el tiempo que duró. En definitiva, esta expresión y su carácter interlingüístico apuntan decididamente a una concepción de la localización de eventos como parte indistinguible de su definición como tal, de su “ser”.

¿Qué diferencia con respecto al emplazamiento existe entonces entre un partido de fútbol, una conferencia o un concierto de Melody y la ciudad de París? Como hemos visto, el partido, o el concierto, o la conferencia, se definen en un tiempo y un lugar: el concierto del sábado en Madrid es diferente del concierto del viernes en Murcia y del concierto del domingo en Sevilla. En cambio, por encima del momento en que la contemplemos, París es “París”, con sus edificios y sus gentes y su historia y su romanticismo, y luego resulta que circunstancialmente todo esto se encuentra físicamente situado en Francia (o en otro país, si siguiera la estela de Veracruz). Y digo “se encuentra” muy a propósito.

Porque, ¿cómo sonaría decir El concierto de Melody se encuentra en Madrid, o el partido se encuentra en Sevilla? La extrañeza que produce proviene claramente del hecho de que para que algo “se encuentre” en algún sitio, debe ser previamente un objeto que se pueda colocar en ese sitio para después encontrarlo allí. El partido del sábado en Sevilla es el-partido-del-sábado-en-Sevilla, es decir que su propia definición consiste en el tiempo en que el proceso tiene, curiosamente, lugar. Porque el partido es un evento. En la dirección contraria, como hemos dicho, París es París independientemente del lugar en que se imagine o el momento en que se observe. Porque París es un objeto.

 

 

En definitiva, la localización de objetos vs. eventos se puede entender, al igual que el resto de usos de ser y estar, como una simple cuestión de vocabulario, en este caso con la base metafórica que aporta el contraste léxico tener lugar vs. encontrarse: los eventos no son nada hasta que se materializan en el acto de adquirir un lugar donde producirse y observarlos por el tiempo que duran; en cambio, si para localizar un objeto debemos buscar y encontrar, es indudable que su definición preexiste al lugar donde está. Lo que quiere decir que estar es el verbo que lógicamente encaja mejor en la localización de ciudades.

Sí, París es París, y es una maravilla. Lástima que está en Francia.

 

Y ESO NO ES TODO (PORQUE NADA NUNCA ES TODO)

Y es que “París es en…” también existe, y tiene perfecto sentido en español, y lo usamos de manera intencional y significativa para decir exactamente lo que queremos decir cuando lo decimos de modo que se entienda exactamente lo que decimos y no otra cosa. Por ejemplo, cuando mi copiloto me advierte: “Hey, que París es a la derecha, no te pierdas”.

Pero eso es otra historia.