La pulsión por imponer el llamado lenguaje “inclusivo” es, en mi opinión, y ante todo, un genuino producto de la ignorancia. Fundamentalmente, de la ignorancia de dos hechos si no sobradamente conocidos, sí de conocimiento sobradamente disponible (con tan solo intentar informarse): que las reglas de la lengua no operan sobre las formas, sino sobre los significados con que esas formas son usadas en cada ocasión, y que esos significados lingüísticos no son representaciones objetivas de la realidad, sino codificaciones simbólicas que operan dentro de un sistema conceptual propio, del que el hablante es perfectamente inconsciente.

Sabemos, por ejemplo, que el sol no sale, que es la Tierra la que se mueve, pero esto no nos importa porque no estamos dando una conferencia de astrofísica: es solo la manera intuitiva con que nuestra cognición conceptualiza ese hecho. Sabemos que el año que viene no viene, pero tampoco nos importa porque es una metáfora cristalinamente clara que sirve de manera natural a nuestros propósitos de representación. Sabemos que el gato que araña los sillones y el gato con el que elevamos el coche no son la misma cosa, pero no vemos grandes campañas de los animalistas en twitter alegrándose de la muerte de un conductor atropellado cuando cambiaba una rueda con su gato. Sin embargo, por alguna razón que esquiva toda premisa bienintencionada acerca del intelecto social, una parte pequeña pero hiperactiva de los hablantes de español está convencida de que una “o” se refiere directamente a un varón, y una “a” a una mujer, execrando toda inclusión de la una en el otro. Quieren obligar al resto de hablantes a cambiar “Me encanta esta puesta de sol” por “El momento en que la Tierra ejecuta un movimiento orbital tal que hace imposible contemplar el sol desde la perspectiva del observador terrestre en esta playa es maravilloso”, aunque a la mayoría nos parece (como demuestra el tambaleo constante de la duplicación en el discurso de los propios promotores) que tal modo de hablar es, llanamente, imposible.

Hasta qué punto todo un país se puede llegar a enfrascar en un absurdo monumental y grotesco lo muestra el hecho de que el lenguaje “inclusivo”, que dice pretender incluir, en realidad hace todo lo contrario: incrusta de una manera machacona y cargante la más hiriente discriminación de género.

El español natural es inclusivo y neutro: todos incluye a ‘todos’ y ‘todas’ sin pararse a distinguir a unos de otras por razón de sexo (o género, o caso). Sin embargo, el español “inclusivo” es excluyente y sexista: pretende cambiar el significado milenario de todos por uno que excluye a la mujer, y rematar el entuerto con la discriminación obligatoria y permanente del sexo de la persona cada vez que es mencionada. Si adoptamos la perspectiva del significado que transportan las palabras y no de su forma (que es de lo que van las lenguas) el español natural, de hecho, visibiliza más a la mujer que al hombre, ya que ella está incluida en el llamado “masculino” genérico y también, de manera exclusiva, en el femenino, mientras que no hay representación masculina exclusiva en estos casos. Ni siquiera un adjetivo en forma llamada masculina puede darse por masculino en sí mismo: estupenda puede referirse a un concepto femenino (noche) o a un ser de sexo femenino (Antonia o su perrita), mientras que en estupendo compiten conceptos masculinos (día), seres de sexo masculino (Antonio y su gatito), pero también conceptos neutros (algo). Si nuestra lengua se considera machista porque representa demasiadas cosas con la forma del llamado masculino, entonces hay que reconocer que el machismo consiste, paradójicamente, en desdibujar la presencia masculina de la faz del significado lingüístico. Insisto: del significado. Si fuera la forma lo único que importa, y la afrenta a la mujer consiste en realidad en verse representada en la mera apariencia circular de la “o” con que se representa inclusivamente, entonces no veo por qué los hombres no deberíamos quejarnos de la discriminación que supone, por ejemplo, el femenino inclusivo de “personas consumidoras” o el obligatorio de persona consumidora aplicado a un hombre, o las propias mujeres por ser minuciosamente ocultadas en el alumnado o el profesorado por los mismos liberadores que juraron visibilizarlas sobre el cadáver de la lógica, el sentido común y propia lengua. ¿Tendríamos derecho a que el lenguaje inclusivo aceptara un persono consumidor para nosotros los chicos? ¿Tendrían derecho las chicas a exigir el doblete el profesorado y la profesorada para no resultar invisibilizadas por el masculinazo del colectivo, quizás de acuerdo con el estricto número de individuos de cada género del que estemos hablando? El ridículo viene en el mismo paquete de la ignorancia.

Pero no solo el español natural es más inclusivo que el español inclusivo en cuanto a la visibilidad de la mujer. Además, el español natural incluye las diferentes identidades sexuales y de género mucho mejor que el español inclusivo, que es, de hecho, groseramente excluyente. El tableteo machacante del todos y todas, ciudadanos y ciudadanas y afectados y afectadas es en realidad un golpe rítmico de gracia a la visibilidad de todo colectivo que no se siente incluido en esta visión binaria del asunto genital. Con total lógica: si hemos caído en el craso error de pensar que el masculino visibiliza al hombre y el femenino a la mujer y tenemos la firme voluntad de persistir en él, entonces todos y todas es una exclusión abierta, definitiva, ofensiva, de cualquier ser humano no binario en su corazón.  Yo ya he visto con mis propios ojos y escuchado con mis propios oídos a muchas personas argumentar (es un decir) a favor del uso común de todes les progresistes o persones tontes para dar cabida y visibilidad a este tercer colectivo de género, pero también he notado que su inclusión en la neolengua oficial victimiza, comprensiblemente, a los individuos que sienten pertenecer a cualquiera de los más de 50 géneros con que, por ejemplo, se pueden identificar los usuarios de Facebook. Sí, el absurdo viene en el mismo paquete de la ignorancia.

Pero el lenguaje llamado “inclusivo” es también, y muy especialmente, producto del resentimiento y el revanchismo. Para quien esté pensando en contradecir lo que acabo de afirmar apelando a las intenciones, aclaro que no dudo de que las del colectivo impositor sean las mejores (o al menos las mejores posibles para alguien que pretende imponer al resto de sus congéneres cómo hablar su propia lengua). El problema, muy serio, es que la imposición social -no digamos ya institucional- de esta neolengua provoca que millones de personas de todo sexo, género, número y condición, personas que probablemente jamás han tenido un ápice de machistas, estén siendo juzgados como tales por la turba solo por el hecho de hablar su lengua materna y no alguno de los dialectos inclusivos de turno. Y esto es muy serio. Tanto, que toda otra consideración palidece ante este juicio y prejuicio totalitario, porque no estamos hablando ya solo del desprecio de la inteligencia y el sentido común que implica no entender qué es una lengua o invisibilizar a cincuenta y tantos géneros para visibilizar a uno, sino de una agresión generalizada y ciega contra la buena voluntad de las personas y el derecho que les asiste a hablar su propia lengua con presunción de inocencia.

¿Cómo no ver en este embate por la imposición de una neolengua absurdamente objetivista aquella máxima del Partido Socialista de 1984: “La ignorancia es la fuerza”? Con esta biblia rezan los activistas del lenguaje inclusivo. Los demás (expresión que por cierto incluye económica y amablemente a cualquier ejemplar de nuestra especie sin discriminación de sexo, género, edad o religión y que no se refiere a los varones en exclusiva más que en la mente de quienes se esfuerzan en malinterpretarla), los demás, digo, solo esperamos que esto sea otra pesadilla orwelliana titulada 2022 más o menos, y que cuando nos llegue el año del título, un día, haya desaparecido por vergüenza. Y podamos hablar la lengua de nuestras madres sin tener que llevar la estrella de David del machismo anudada al brazo.