PRESENTACIÓN DEL ASUNTO

Consciente de las dificultades de la vida moderna, Vanessa Ruiz lanza una campaña de recogida de dudas sobre mi visión del subjuntivo que me resulta muy motivadora. Lo explica con gracia en su blog, suma voluntades en Twitter, y te invita a publicar tus observaciones, reservas y perplejidades en esta pizarrita.

Se refiere Vanessa en concreto a lo que por algún lugar y tiempo vino a ser denominado «teoría de la declaración», constructo que pretende servir para explicar (y aprender, en el lado del estudiante) la selección del modo a partir de un solo concepto estrictamente definido: declaración. Este protocolo se puede encontrar explicado paso a paso en la referencia 1 (2 en inglés), discutido teóricamente en 3, ejemplificado en una actividad de clase en 4, y aplicado al sílabo de ELE con explicación y ejercicios para diferentes niveles en 5 y 6:

  1. El concepto de no-declaración como valor del subjuntivo. Protocolo de instrucción operativa del contraste modal en español.
  2. The Subjunctive in a Single Concept: Teaching an Operational Approach to Mood Selection in Spanish.
  3. El valor central del subjuntivo: ¿declaratividad o informatividad?
  4. El subjuntivo es lógico: una actividad de concienciación.
  5. Gramática Básica del Estudiante de Español.
  6. El Ventilador. Curso de perfeccionamiento de español.

Y decía que me resultaba motivador porque a lo largo de los años he visto cómo mis propuestas experimentaban las fricciones de numerosas dudas y dificultades de aplicación, y aunque siempre he sentido el impulso de salir al paso, pocas veces he tenido las condiciones para intervenir, y nunca de una manera sistemática. Lo que ahora ha cambiado no son, lamentablemente, las condiciones, solo se ha renovado el impulso. Veremos a dónde alcanza.

 

INTRODUCCIÓN AL ASUNTO

Antes de nada, se impone una confesión. A pesar de las apariencias, yo no soy «cognitivista». Al menos no en el sentido ortodoxo, en el sentido de militancia en una escuela, comunión con sus panes sagrados y jaculatoria en su Palmar de Troya. Mi visión de la lengua era más bien «operativa» u «operacional» antes de descubrirse que en el empeño de serlo estaba usando ideas que estaban presentes en esta corriente lingüística (Alejandro Castañeda dixit), lo que me dio la magnífica oportunidad de darme cuenta de que su base filosófica era un fenomenal compendio de sentido común y, como tal, una herramienta de inmenso, extraordinario alcance. Mi trabajo es «cognitivo» solo -y no es poco- en la medida en que emplea los principios de las ciencias cognitivas en general, y la lingüística cognitiva en particular: identidad entre cómo percibimos y conceptualizamos el mundo y cómo lo representamos, carácter radicalmente corpóreo del lenguaje, imperio del significado. En el fondo, como digo, puro sentido común.

Pero, ¿qué es una gramática «operacional«? Fundamentalmente, es una gramática que presupone que cada forma gramatical tiene un significado, solo uno, y siempre el mismo (una gramática más de leyes que de reglas) y que plantea instrucciones formulables en términos de operación, es decir, algorítmicos (qué hacer en cada caso para conseguir un determinado efecto comunicativo). Esto presupone una hipótesis de trabajo radical: la lengua es composicional, es decir: es posible inferir el significado de un enunciado a partir de los significados de los elementos que la componen. Como reza la Gestalt, el significado final no es la suma de los significados parciales. No: es el producto.

¿Por qué ser tan radical? -se preguntan las almas cándidas. ¿Qué necesidad hay de encontrar un solo valor para cada forma, habiendo tantos árboles para tantas hojas para hacer listas de reglas? -se quejan los revisores externos de mis artículos, incluyendo los «cognitivistas». La razón tiene que ver, muy probablemente, con el hecho de haber desarrollado toda mi carrera en aulas de ELE. Hay muchas diferencias entre los departamentos de lingüística y las clases de español para extranjeros, pero la más relevante aquí es que en el segundo contexto, todo lo que se dice acaba siendo expuesto a la tiranía de los hechos: el público no está allí para escuchar una teoría que suene bien, sino para aprender procedimientos que le permitan ejecutar con éxito operaciones lingüísticas reales y ponerlos a prueba en actos de comunicación verbal. En este contexto de instrucción, pues, veo tres opciones para el profesor:

  1. Ofrecer una serie de listas para memorizar ignorando el significado, la intención comunicativa y la lógica gramatical.
  2. Ofrecer una lógica operativa donde el estudiante pueda decidir reflexivamente qué quiere decir, y con qué medios.
  3. Una mezcla de ambas, llevando la lógica hasta donde sea posible o rentable, y memorizando (practicando insistentemente) el resto.

Notablemente, para dos de estas tres opciones es necesario asumir lo que acabo de comentar más arriba: «la lengua es lógica» implica «la lengua es composicional», y «la lengua es composicional» implica «las formas gramaticales tienen un significado unívoco y constante». Producto de esta filosofía, la «teoría de la declaración» se formuló como un protocolo puramente operacional para la elección del modo, es decir, destinado a explicar todos los usos de subjuntivo e indicativo a partir de un significado básico de «declaración vs. no-declaración». Por tanto, nada de «cognitivista» fue ni es necesario para implementar este protocolo, aunque ningún principio «cognitivista» lo obste tampoco.

Supongo que al menos la idea de abandonar las reglas por las leyes, es decir, de disponer de un significado que se pueda aplicar siempre o en una amplia variedad de contextos, debe resultar atractiva, en teoría, para cualquier profesor de lenguas. Sin embargo, todo el edificio composicional se puede venir abajo (o no empezar siquiera a funcionar) si falta una condición muy concreta: el razonamiento lógico que permita mantener activa la misma ley en todo contexto.

Bueno, pues exactamente de esto va todo esto, al final: ¿es posible defender la eficacia teórica de la «teoría de la declaración» por encima de casos que aparentemente la contradicen, o habrá que rendirse a la evidencia y corregir la propia teoría? Y en términos más prácticos: ¿será posible que esta filosofía composicional suponga una ventaja comparativa con respecto al método memorístico para los estudiantes de la indistinguible distinción entre indicativo y subjuntivo? Cosa de verlo.

Animados quedáis,  pues, a compartir las rozaduras que os hayáis hecho con la teoría en los lugares citados al comienzo de este post, o aquí mismo. Por muy mal que salga todo, algo, digo yo, aprenderemos. Ya respondí a un caso de indicativo bastante desconcertante en este post, pero será mejor empezar esta serie por algo más básico.